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Familia

LA SANTA CONFESIÓN

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Nuestro Salvador ha dejado a su Iglesia el sacramento de la Penitencia y la confesión para que en él nos purifiquemos de nuestras iniquidades, siempre que por ellas seamos ensuciados. No permitas, pues, querida alma, que tu corazón permanezca mucho tiempo manchado por el pecado, pues tienes un remedio tan a mano y tan fácil.

La leona que se ha acercado al leopardo, corre rápido a lavarse, para sacar de sí el mal olor que este contacto ha dejado en ella, a fin de que, cuando llegue el león no se sienta, por ello, ofendido e irritado; el alma que ha consentido en el pecado ha de tener horror de sí misma y ha de lavarse cuanto antes, por el respeto que debe a la Divina Majestad, que le está mirando. ¿Por qué pues, hemos de morir de muerte espiritual, teniendo, como tenemos, un remedio tan excelente?
 

LA_SANTA_CONFESION_2Confiésate devota y humildemente cada ocho días (la Iglesia actualmente aconseja una vez al mes), aunque la conciencia no te acuse de ningún pecado mortal; de esta manera, en la confesión, no sólo recibirás la absolución de los pecados veniales que confieses, sino también una gran fuerza para evitarlos en adelante, una gran luz para saberlos conocer bien y una gracia abundante para reparar todas las pérdidas por ellos ocasionados. Practicarás la virtud de la humildad, de la obediencia, de la simplicidad y de la caridad, y, en este solo acto de la confesión, practicarás más virtudes que en cualquier otro.

Ten siempre un verdadero disgusto por los pecados confesados, por pequeños que sean, y haz un firme propósito de enmendarte en adelante. Muchos confiesan los pecados veniales por costumbre y como por cumplimiento, sin pensar para nada en su enmienda, por lo que andan, durante toda su vida, bajo el peso de los mismos, y, de esta manera, pierden muchos bienes y muchas ventajas espirituales. Luego, si confiesas que has mentido aunque sea sin daño de nadie, o que has dicho alguna palabra descompuesta (grosería), o que has jugado demasiado, arrepiéntete y haz el propósito de enmendarte; porque es un abuso confesar un pecado mortal o venial sin querer purificarse de él, pues la confesión no ha sido instituida más que para esto.


No hagas tan sólo ciertas acusaciones superfluas, que muchos hacen por rutina: "no he amado a Dios como debía; no he rezado con la debida devoción; no he amado al prójimo cual conviene; no he recibido los sacramentos con la reverencia que se requiere", y otras cosas parecidas. La razón es, porque, diciendo esto, nada dices, en concreto, que pueda dar a conocer a tu confesor el estado de tu conciencia, pues todos los santos del cielo y todos los hombres de la tierra podrían decir lo mismo, si se confesaran.

Examina, pues, de qué cosas, en particular, hayas de acusarte, y, cuando las hubieres descubierto, acúsate de las faltas cometidas, con sencillez e ingenuidad. Te acusas, por ejemplo, de que no has amado al prójimo como debías; ¿lo haces porque has encontrado un pobre necesitado, al cual podías socorrer y consolar, y no has hecho caso de él? Pues bien, acúsate de esta particularidad y di: he visto un pobre necesitado, y no lo he socorrido como podía, por negligencia, o por dureza de corazón, o por menosprecio, según conozcas cuál sea el motivo del pecado.

Asimismo, no te acuses, en general, de no haberte encomendado a Dios con la devoción que debías; sino que, si has tenido distracciones voluntarias o no has tenido cuidado en elegir el lugar, el tiempo y la compostura requerida para estar atento en la oración, acúsate de ello sencillamente, según sea la falta, sin andar con vaguedades, que nada importan en la confesión.

No te limites a decir los pecados veniales en cuanto al hecho; antes bien, acúsate del motivo que te ha inducido a cometerlos. No te contentes con decir que has mentido sin dañar a nadie; di si lo has hecho por vanagloria, Así como la discordia disgusta a todo corazón noble, por el contrario la paz y la concordia, sobre todo entre los casados, es lo más hermoso y agradable que puede darse. Una verdadera paz y cordial armonía conyugal es la máxima felicidad de los esposos y la edificación de la sociedad.

LA_SANTA_CONFESION_1A este propósito dice el Espíritu Santo por el Eclesiástico: Que el varón y la mujer que viven con una voluntad y un querer es una de las tres principales cosas que agradan a Dios y a los hombres (Si 25,1); y en los Proverbios se lee que esta virtuosa paz es la que prospera en las casas (Pr 15,6), hace felices a las familias y el Señor las llena de bendiciones (Pr 14,11), y añade además el Sabio que los padre proporcionan a los hijos las conveniencias y riquezas, pero que el dar a un hombre una mujer prudente y virtuosa, con la cual viva con verdadera paz y concordia santa, procede tan sólo de la bondad y misericordia del Altísimo (Pr 19,14)

En efecto, la misma experiencia manifiesta que la paz y armonía entre los casados es el primer factor para vivir vida feliz en este estado. Vale más, según dice el Eclesiastés, un pedazo de pan con paz y armonía, que las dos manos llenas de riquezas con inquietud y pesadumbres (Qo 4,6; Pr 17,1). Con paz lo poco es mucho; y sin ella, lo mucho es nada. Reine paz en la casa, y de seguro no faltará la bendición del Señor, y por añadidura vendrá la salud y la abundancia.

Pero si estos son los frutos que afortunadamente nacen de la perfecta unión y conformidad entre los esposos, el desacuerdo y antipatía entre ellos es señal evidente de su malestar y de su inevitable ruina. Nada extraño que así suceda, porque, siendo Dios el dispensador de todos los bienes y el autor de todo buen orden, no le gustan los pleitos, sino la paz y alegría inocente, pues como nos dice San Juan, Dios es caridad y sólo los que viven en caridad están en Dios, y Dios en ellos (1 Jn 4,16)

La casa donde no hay paz y unión y donde, por el contrario, son frecuentes los pleitos y discordias, se convierte en morada insufrible y en lugar de ser una pacífica habitación de cristianos se parece a una reunión de chiflados, energúmenos o condenados, ya que no se puede llamar de otra manera a una familia cristiana que, en vez de rendir a Dios el honor y darle la debida alabanza por medio de la paciencia entre los miembros de la familia y otros ejemplos de virtud, no se ven ni se oyen más que insultos, juramentos, blasfemias y maldiciones.

Entonces ocurre que el marido furioso e impaciente pelea contra la mujer, y la mujer, llena de impaciencia y como fuera de sí, se va contra el marido, llegando su alteración y alboroto al extremo de no atender a lo que se dice ni a lo que se hace, siendo el escándalo de los hijos, mal ejemplo de la familia y vecinos, inquietud de los parientes, que lo saben y lamentan sin que puedan remediar tan graves males, cumpliéndose aquella sentencia de Jesucristo, Nuestro Señor, que dice: La casa que se divide en discordia se arruinará sin remedio (Lc 11,17)

Puede en verdad afirmarse que no hay pena ni cárcel más intolerable que la vida de un matrimonio en donde no reina la paz y concordia de buenos cristianos, porque si se sientan a la mesa, todo son miradas sospechosas y malas caras; si se retiran para el descanso, les siguen el mal humor y a veces los temores; en fin, en todas partes irritación, rencor y despecho. En semejantes circunstancias, el demonio, enemigo rabioso de nuestras almas, procura por todos los medios aumentar la discordia, exagerando y fomentando sospechas infundadas y faltas que tal vez no existen.

Unas veces sugiere a la mujer contra el marido, otras al marido contra la mujer, que es lo más común y frecuente. Y es tanta la malicia y terquedad del infernal enemigo, que jamás se da por vencido, pues cuando un plan no le sale bien, luego, luego encuentra otro, y si no ha podido conseguir victoria con aquella tentación, prepara otra mucho más sutil y engañosa. El infernal enemigo suele acometer al hombre para seducirle, a fin de introducir la cizaña en su casa, persuadiéndole de que su esposa no tiene aquellas buenas cualidades que él se había imaginado antes del matrimonio, ni aquellas prendas personales y conveniencias temporales que se había creído; y lo que es peor, más humillante y ofensivo, sospechar que al casarse con ella, su recato y honestidad tal vez dejaban algo que desear y ser eso causa de no tener hijos, y si los tienen, porque no son hijos varones, y otras imaginaciones ridículas, pues como se ve, no está en poder de la mujer dar a luz lo que desea, sino que eso depende únicamente de la Divina Voluntad

¡Desgraciado el hombre que se deja llevar de esas sospechas y juicios temerarios, porque al fin y al cabo, como malignas astucias que son del demonio, sólo le proporcionarán amarguras y horribles sufrimientos! Pues, ¿Qué remedio queda para prevenir o reparar tamaños males y de tan pésimas consecuencias? Todo consiste en el querer de los esposos; todo depende del amor y temor de Dios, que oye y bendice a los que de veras a Él acuden y le piden socorro.

En estos casos más que en otros es necesaria la paciencia cristiana acompañada de una entera conformidad a la Voluntad Divina que permitió su Santa unión en matrimonio, sin duda para que, tolerándose mutuamente sus defectos y amándose con caridad, procuraran su santificación y aseguraran mejor la salvación eterna. A todo esto ayuda poderosamente la frecuencia de los Sacramentos de la Reconciliación (Confesión) y Eucaristía recibidos con devoción y con el firme propósito de imitar en lo posible a nuestro maestro y redentor Jesucristo, que por amor nuestro llevó la pesada cruz hasta el Calvario y en ella fue cruel y humillantemente crucificado (Jn 13,1)

Fuente: Obras Selectas de San José Manyanet. , Publicado febrero 2007 Periódico Sagrada Familia

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