You are here::
 
 

Epifanía Mística

E-mail

Hoy, celebramos la fiesta de la Epifanía, o sea de las tres grandes manifestaciones de Nuestro Señor Jesucristo la primera de las cuales, es la verificada en Belén, a donde, guiados por una milagrosa estrella, vinieron desde el Oriente a prestarle sus homenajes los Magos, y allí, le reconocieron y adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron tres preciosos dones: oro, incienso y mirra.

 e_m_1

También nosotros, guiados de la inspiración Divina vamos a ofrecer a Jesús recién nacido, tres preciosísimos dones que Él agradece mucho; los cuales están de algún modo simbolizados por los de los Magos. Mediante ellos, el alma otorga a su Dios todo lo más precioso que en sus tesoros puede encontrar, y con ella todo cuanto es y vale; y de ese modo merece que a su vez nuestro Dios, que por nadie se deja vencer en generosidad, se le entregue a ella con todo cuanto tiene y cuanto Es, mediante tres maravillosas manifestaciones, convirtiendo al alma como Reina y señora de las infinitas riquezas de su adorable Corazón, para que el alma pueda decir: Yo toda para mi Amado, y Él para mí, que se apacienta entre azucenas (Cant. 6, 2).

 

Los regalos que el alma ofrece la libran de los estragos causados por las tres grandes vicios que al mundo esclavizan (Juan 2, 16), y le facilitan el uso de la libertad gloriosa de los hijos de Dios, al mismo tiempo que, cada don la une de un modo especial con una de las Divinas Personas.

 

Los tres dones del alma:

1° Por el don de la pobreza (desapego de riquezas, afectos, vicios, pasiones) ofrece el alma a Nuestro Señor la mística mirra de las amarguras, privaciones y desprecios que esa virtud suele llevar consigo. Pero así como la mirra, con ser amarga, exhala un olor suavísimo y preserva de la corrupción, así la pobreza evangélica, a la vez que nos desprende del amor a lo terreno y nos libra de sus contagios, nos hace producir el buen olor de Cristo pobre y sufriendo por nuestro amor tantas penalidades desde el Pesebre hasta la Cruz.

 

Este regalo nos liga de un modo especial con el Eterno Padre, que ha de ser toda nuestra herencia y nuestro premio (Gen. 15, 1). Así a los que sinceramente se unen con Dios dejándolo todo por Él, se les promete su glorioso Reino para que desde aquí abajo puedan empezar ya en cierto modo a gozarle, según aquellas palabras del Salvador: Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

 

Notemos que Jesús no dijo que será, sino que ya es, porque el alma que por amor a Dios renuncia a todos los bienes de este mundo, y se desnuda en su espíritu de todo afecto terreno, ya empieza a gozar de esta bienaventuranza, quedando más y más poseída del Espíritu del Señor, que irá reinando en ella y embriagándola en torrentes de divinas delicias, a medida que la ve desprendida de sí misma y de todo lo criado; y así es como, no teniendo ni deseando nada, viene a poseerlo todo (II Cor. 6, 10).

 e_m_2

2° Por el don de pureza se une el alma muy especialmente con el Verbo Divino, a quien en todo y por todo deben seguir los puros; que solo así es como lograrán poseerlo hasta el punto de que puedan comunicarlo a los demás. De los limpios de corazón nos dice que son bienaventurados, porque ellos verán a Dios. El alma pura siempre esta en íntimo trato y comunicación con Él que es la misma Pureza. Pues como dice San Juan (Apoc. 14, 3 4), los que viven perfecta pureza, siguen al Cordero a donde quiera que vaya y le cantan un canto nuevo. Ya en esta misma vida le sigue así el alma pura, cantándole siempre una nueva canción, que no es otra que la del amor generoso que en cada corazón halla una nueva manera de sacrificarse y entregarse de lleno al Amador Divino.

 

Así el de corazón puro está continuamente elevando a Dios, como columna de incienso más oloroso que el de los Magos, un canto de acción de gracias, de adoración y alabanza, mientras que encendido en Amor se ofrece en perpetua ofrenda de inmolaciones y mortificaciones.

 

3° Por el don de obediencia ofrece el alma a Dios lo que tiene en mayor aprecio el hombre, que es su voluntad. Con esto se entrega y dispone a amar a Dios como debe, con todas sus fuerzas y todo su ser. Con esta entrega el alma obtiene la alegría del espíritu y la gloriosa libertad de los hijos de Dios, pues por la obediencia a los mandamientos, dice San Bernardo, se merecen las íntimas luces y comunicaciones del Divino Espíritu al alma que son gloria anticipada; y en el exacto cumplimiento de todas las Palabras de Vida, de todas las insinuaciones de la Voluntad de Nuestro Señor está la señal más segura de que en verdad le amamos.

 

Por este regalo se adquiere, la libertad del espíritu, ocupada tan solo en el cumplimiento del Querer divino. Así es como, con el continuo ejercicio de vencerse uno a sí mismo, el alma logra romper los apegos terrenos y se hace obediente a las inspiraciones Divinas y apta para seguir fielmente las inspiraciones de Dios y de ese modo es como se alcanza aquella mística Sabiduría.

 

Con este don, el alma se pone bajo la continua dirección del Espíritu Santo (Prov, 21). Así tenemos que aprender muy bien a renunciar en todo y muy de veras a nosotros mismos, a nuestro propio juicio y querer y aún a nuestros mismos métodos, iniciativas y modos humanos para quedar en todo poseídos y confortados del Divino Espíritu, como lo están los fieles llenos de Dios (Rom 8, 14).

 

La respuesta de Dios a los tres dones del alma: A estos tres místicos dones del alma a Dios, corresponden tres manifestaciones gloriosas del Amor Divino que el Eterno Padre nos otorga a todos en su Unigénito, y se conmemoran en este solemne día. Todas ellas tienen aplicación en la vida del cristiano que, fiel a la Gracia, camina hacia la cumbre de la perfección a que es llamado.

 

La primera manifestación llevada en Belén, se reproduce misteriosamente en toda alma cristiana cuando en el santo Bautismo renace a la vida de la Gracia, que es Vida Divina, mediante la cual, de criatura de Dios, se hace realmente hija de Dios y heredera del Cielo, y es colocada en el cuerpo de la Santa Madre Iglesia para ir creciendo siempre en santidad y justicia, según vaya despojándose del hombre viejo y vistiéndose del nuevo.

 

Recibe la paz del Señor y con ella la garantía de la bienaventuranza; de la cual irá gozando en la medida que, con el espíritu de pobreza manifestado en el pesebre vaya mereciendo la posesión del Reino prometido a los pobres de espíritu.

La segunda manifestación fue la verificada en el Jordán cuando fue bautizado Jesús y se oyó Una Voz del Cielo que decía: "Tú eres mi Hijo muy amado, en Ti tengo todas mis complacencias". Y las tenía porque el Hijo sólo se preocupaba de cumplir en todo la Voluntad de su Eterno Padre, siendo su alimento hacer la Voluntad de Quien le envió, para completar su obra (Jn 4,34).

 e_m_3

Este misterio se reproduce en el alma cuando, hecha ya en todo conforme con Jesús en sus trabajos y humillaciones, despojada de sí misma y vestida de Él, mortificándose y renunciándose a sí misma por amor de Él en todo, no vive ya su propia vida, sino que vive muerta al mundo y su vivir esta escondido con Cristo en Dios (Col. 3, 3); y entonces es cuando el Eterno Padre puede, a su vez repite, como suele hacer a las almas que están ya para celebrar su mística unión: "tú eres mi hija muy amada, en ti tengo puestas mis complacencias" .

 

Es prodigioso el Amor del Eterno a sus pobres criaturas, que después de colmarlas de gracias y favores, para configurarlas con su Unigénito, llega al extremo de manifestarles cuánto le complacen. Así vemos que hizo con Santa Catalina de Siena, a Santa Rosa de Lima y a muchísimas otras almas dichosas que, con la fiel correspondencia a la Gracia, llenaron los designios de Dios sobre ellas.

 

El alma muerta al mundo, no es ya ella quien obra, sino Dios en ella; y por eso sus obras son de un mérito infinito, pues son propias del mismo Hijo de Dios que en ella y por ella obra como por un verdadero miembro suyo. Todos los cristianos, por el solo hecho de ser miembros del Cuerpo Místico, cuya Cabeza es Cristo Jesús, están llamados a participar de esta íntima comunicación con Él; y de hecho llegarán a disfrutarla aún en esta misma vida, si se preparan renunciándose, mortificándose y entregándose a morir místicamente con Cristo y por Cristo para que la vida de Jesús se manifieste.

La tercera manifestación es la hecha en las bodas de Caná, cuando a ruegos de su Santísima Madre, empezó Jesús a mostrar el poder recibido de su Eterno Padre, transformando el agua en vino. Así transforma con la virtud de su Espíritu los corazones terrenos en celestiales, y hace de viles criaturas dignos hijos de Dios.

 

Esto tiene lugar cuando, por mediación de María, consumadas las almas en la Caridad, quedan transformadas y dispuestas para celebrar sus místicas bodas con el Divino Verbo, ratificando las promesas hechas en el Bautismo y llevando a su plena expansión las gracias allí recibidas. En este espiritual matrimonio es el alma, según San Juan de la Cruz, confirmada en gracia y hecha para siempre un espíritu con Dios.

 

Pues así como en el matrimonio humano se hacen los contrayentes "una misma carne", así en esta Divina unión quedan las almas divinizadas y hechas una misma cosa, "un mismo espíritu" con Cristo (I Cor. 6, 17), participando de todos sus bienes y de todos sus

trabajos y sufrimientos. Pues como predestinadas por Dios a ser en todo "conformes a la imagen de su Unigénito" (Rom. 8, 29) "en esa divina imagen van siendo transformadas de claridad en claridad, como por obra del Espíritu del Señor" (II Cor. 3).

 

Pero para poder quedar así con Él glorificadas, deben también padecer con Él (Rom. 8, 17); y por esto a sus fidelísimas Esposas tiene que hacerlas participantes de todas sus penalidades, asociándolas a la obra de la redención, expiación y reparación que Él vino a realizar en la tierra, visitándonos con entrañas de Misericordia para colmarnos de bendiciones y gracias.

 

De este modo, asociada a Él, queda el alma toda divinizada y sus mismas obras, que antes valían menos que agua, se convierten en vino generoso, capaz de causar místicas arrebatos en Jesús y en sus amigos (Cant. 5, 1) Pero ese milagro debe de realizarse a ruegos de María Inmaculada, que prepara esa mística transformación de los corazones puros en el de Jesús, y hace que le acompañen a todas partes, como desde Cana le acampanó siempre hasta el Tabor y hasta Getsemani y el Calvario, San Juan, el Discípulo

Amado...

 

El Calvario es el monte de la mirra (Cant. 4, 6), donde con tanta frecuencia Dios suele ir a visitar a los escogidos de su Corazón para celebrar con sus almas las místicas bodas.

 

Fuente: Vida Sobrenatural con Lic. eclesiástica del Arzobispado de Salamanca, España. Periódico Sagrada Familia Enero 2008

 
 
 
 

          

 

 

left direction
right direction
Inmaculada Concepción
Para Amar más a María
¡Si es mi Madre!
LA VIRGEN MARÍA, REINA DE LOS MÁRTIRES
La Bajada del Calvario
COMPADÉCETE DE LOS DOLORES DE TU MADRE...
MARÍA HALLÓ LA GRACIA PARA EL HOMBRE
MARÍA, MADRE DE DIOS
SAN JOSÉ Y LA PRESENTACIÓN DE JESUS EN EL TEMPLO
ES MADRE DE DIOS
La presentación del Niño Dios en el Templo
LA VIRGEN MARÍA, MODELO DE PUREZA
La presentación en el Templo
Sol y Luna
El Nacimiento de Jesús

Nuestros Datos

Periódico Sagrada Familia.
Evangelizando a través de la lectura.
Publicación mensual: 71,000 ejemplares julio 2011.